Los tontos del tulipán

En el año 1623 un inversor llegó a pagar por un bulbo de tulipán 1.000 florines neerlandeses, cuando el salario medio de la época apenas era de 150. Los Países Bajos vivieron un periodo de euforia especulativa con un curioso protagonista: los tulipanes, unas flores que se convirtieron en objeto de ostentación y símbolo de riqueza. Un periodista escocés llamado Charles Mackay escribió en el año 1841 un libro contando lo que muchos consideran el primer fenómeno especulativo de masas del que se tiene noticia y lo tituló Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes. En él acreditó la existencia del primer mercado de futuros de la economía globalizada, el de la fiebre por los tulipanes: los inversores, debido al alza de sus precios, compraron grandes cantidades de bulbos aún no recolectados, en un fenómeno que se denominó el negocio del aire.

Sigue leyendo Los tontos del tulipán

La banalidad de la vida

Las palabras vacías rondan día tras día por nuestras vidas. Corremos de ellas, muchos de nosotros, pero al parar para coger aire nos vemos envueltos en más palabras, a un nivel más profundo.

Luchar contra la banalidad supone romper con todo lo socialmente establecido y, desgraciadamente, sólo unos pocos sobreviven a estas guerras psicológicas. La mayoría, nos quedamos en combatientes que deben hacer creeer al otro bando que se han convertido. En ese hacer creer, caemos en el juego de las palabras vacías, quedándonos atrapados, de nuevo, en la banalidad de la vida.

¿Qué se supon e debemos hacer? Crear.

Estamos en la obligación de crear una realidad distinta, incorporando banalidad e intelectualidad. Aumentando el grado del segundo ingrediente siempre que podamos. La creación no sucumbe a la banalidad y con ello, el creador.

Del Domesticar

Leyendo al Principito, me pregunté por el domesticar.

Domesticar es hacer especial a algo que en realidad existe cien mil veces. Algo que es semajante a otro algo, cuyo interés no existe. Si uno domestica al otro, se encuentra ante una nueva situación. Si uno domestica al otro, quiere decir que necesita al otro, lo convierte en único en el mundo.

El hacer especial a alguien, domesticándolo, lo llenará de alegría. El sol iluminará su habitación por las mañanas y despertará con entusiasmo. Se sentirá único en el mundo y deseará siempre quererte.

El domesticador deberá perder mucho tiempo en domesticar. El domesticado perderá mucho tiempo en adquirir esa naturaleza. Y, durante este palso de ir dando y recibiendo, se conocerá la verdad de los dos seres que se están haciendo únicos en el mundo. Se conocerán más allá de cualquier superficialidad. Transcurirá dicho tiempo y domesticador y domesticado pasarán maravillosas horas juntos, hasta que alguno de los dos desee, por hastío, cansancio o aburrimiento, cambiar el rol que hasta ahora tenía o modificar al compañero.

Domesticar es una tarea complicada. En muchas ocasiones causa dolor a los implicados, pero al final, aún perdiendo cualquier contacto con nuestra otra parte, conseguimos reconocer que en el hecho de domesticar o ser domesticados aprendemos valiosas lecciones. Del otro adquirimos secretos para seguir avanzando por la vida.

Aunque ésto, no nos impedirá llorar.

El trabajo y la Pedagogía

“¿Cómo se encuentra el primer trabajo en Pedagogía?” – comentaron. 

Sin duda, esta era la pregunta que más importancia tenía para mí; aun así, la respuesta no me sorprendió. Son los contactos personales los que nos abren las puertas una vez que hayamos terminado nuestra carrera. Los contactos personales y no una autocandidatura fuertemente defendida, aunque nadie quita que esto no influya en el resultado final.

El instituto, la formación, los centros TIC, los servicios socioculturales son algunos de los ámbitos donde un pedagogo puede realizar su cometido, pero sin duda el plato fuerte es ser el “Formador de formadores”: modular cursos para empresas mayoritariamente. Es cierto que nos dejaron constancia de un nuevo camino del pedagogo, camino que se está descubriendo recientemente y que tiene mucho por hacer. No es otro que el de los recursos TIC y la enseñanza virtual. Cada día más, las empresas optan por formar a sus empleados de esta forma: menor coste, mayor eficiencia. Sin duda, todo un campo por explotar donde requieren la mano de un asesor de recursos tecnológicos para crear las acciones formativas lo más productivas posibles. El pedagogo se vende con la frase siguiente: “somos facilitadores de algo…” ¿De qué exactamente? Nadie lo sabe.

Parece que no es suficiente formarse durante cuatro años, además uno debe ser un autoformador de las demandas que existen o las demandas que no existen, pero existirán. El pedagogo, ese profesional que nadie sabe con exactitud para que sirve, que lucha por hacerse un hueco en una sociedad donde su labor no está, ni de lejos, reconocida y que, aún así, hace falta.

La pedagogía no es carrera de cualquiera, sólo las personas con iniciativa real podrán alcanzar, probablemente, el final del camino. ¿Por qué esta afirmación? Es difícil ver a un colectivo de personas capaces de aguantar la incertidumbre que la pedagogía levanta. Y no creo que eso esté mal, podríamos calificarlo como una estrategia, intencional o no, para seleccionar al personal.

No olvidemos que trabajos donde se requieran de pedagogos no abundan.