Los olvidados en el aula

A veces se olvida hablar de personas que no llaman la atención.
El curso ha terminado, mi primer año como futura pedagoga se ha difuminado por el tiempo sin que me de cuenta. Sin coste, he pasado por las aulas de la universidad y he aprendido muchas cosas interesantes. Con entusiasmo espero el siguiente año para seguir formándome y crear un pensamiento más crítico y productivo. Al menos este año he aprendido a justificar el texto y ponerle dibujos a las portadas de los trabajos.
Bromas aparte, siendo las 8:06 me he puesto a pensar en mi motivación por la pedagogía, a saber, mi frustración constante en mi etapa educativa. No sé si lo he comentado por aquí alguna vez, pero yo siempre he sentido que el instituto es una gran pérdida de tiempo. Me aburría, me hastiaba, me cansaba enormemente. Sin duda, gracias a mis padres y a mi cabeza, continué sin atender demasiado a la terrible apatía que sentía hacia él. Y es que no conseguía entender porque ningún profesor me prestaba atención.
Alumna callada por lo general, la cual saca buenas notas no es persona a la que se le deba atender. No obstante, aquel alumno sentado, probablemente al final de la clase, cuyas bromas siempre son divertidas, tiene la expectación de cualquier profesor. Olvidamos al callado, al que quizás le cueste o no la materia, pero no habla. Lo olvidamos porque no molesta en clase y porque si va aprobando, no tenemos que hacerle ningún gesto de aprobación. Ya lo harán los padres – supone el profesor.
La necesidad de un guía
Estuve durante unas semanas yendo a un instituto realizando prácticas de observación en el aula y me fijé con gran atención en este detalle. Dos chicas, sentadas juntas no hablaban nada en clase. No levantaban la mano, no hablaban apenas entre ellas, no parecían existir. De hecho, tuvieron que pasar tres semanas para que su nombre sonara en clase y yo pudiera aprenderlo. Durante esa época ningún profesor se paró a hablarles, a preguntarles si todo iba bien. Pasaban por su lado y o bien le prestaban atención a la mesa de delante o a la de detrás.
Es corriente caer en este fallo: el no atender a personas que no llaman la atención por sí mismas en el aula. Pero es muy importante ser conscientes de que lo cometemos y modificar la actitud. Es muy costoso porque la persona que de por sí ya tiene un carisma, eclipsa al resto. No obstante, el éxito de muchas de estas personas que parecen formar parte del mobiliario escolar está totalmente ligado al sentimiento de aprobación otorgado por el profesor.
A veces basta un: “¡muy bien! Tu redacción ha sido genial. Si te interesa el tema, puedo recomendarte algún libro.” A veces basta una sonrisa.

    Publicado por

    Jesica Prades

    Autora de "Viviendo en USA". Interesada en negocios, marketing, senderismo y jardinería. Me gusta pasar mi tiempo libre dando paseos por la naturaleza, leyendo, aprendiendo nuevas cosas y jugando a videojuegos.

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