Max Rafferty y la pedagogía liberal

Una vez un hombre llamado Max Rafferty escribió que una escuela basada en la libertad es una prostituta de la educación. Dar libertad a un niño es sinónimo de inmoralidad. Nadie querrá estudiar si pueden jugar, no los instruirán para la cruel realidad social. Una escuela liberal sólo sirve para corromper, son moradas del Diablo.

Este pensamiento, alejándolo un poco del radicalismo y  quitándole el tono religioso, está muy cercano a los que muchos piensan a día de hoy, 40 años después de publicar esas palabras. Se piensa que dar libertad es sinónimo de problema. No sabrán hacer lo que les pedirán, no se podrán enfrentar a la realidad con la que se van a encontrar. ¿No?

El mundo es natural y artificial a la vez. Ser libre ayuda a vivir y crecer con unas herramientas con las que podrás guiarte a través del mundo sin complicaciones. Ser libre implica tener un espíritu crítico, soñador, creador e innovador. No eres un conformista.

Cuando uno es libre desde pequeño conoce el camino que desea, tiene las cosas más claras que nadie y, probablemente, sepa vivir mejor en esa “cruda realidad”.

Educarnos libres es lo mejor que puede pasarnos.

Del Domesticar

Leyendo al Principito, me pregunté por el domesticar.

Domesticar es hacer especial a algo que en realidad existe cien mil veces. Algo que es semajante a otro algo, cuyo interés no existe. Si uno domestica al otro, se encuentra ante una nueva situación. Si uno domestica al otro, quiere decir que necesita al otro, lo convierte en único en el mundo.

El hacer especial a alguien, domesticándolo, lo llenará de alegría. El sol iluminará su habitación por las mañanas y despertará con entusiasmo. Se sentirá único en el mundo y deseará siempre quererte.

El domesticador deberá perder mucho tiempo en domesticar. El domesticado perderá mucho tiempo en adquirir esa naturaleza. Y, durante este palso de ir dando y recibiendo, se conocerá la verdad de los dos seres que se están haciendo únicos en el mundo. Se conocerán más allá de cualquier superficialidad. Transcurirá dicho tiempo y domesticador y domesticado pasarán maravillosas horas juntos, hasta que alguno de los dos desee, por hastío, cansancio o aburrimiento, cambiar el rol que hasta ahora tenía o modificar al compañero.

Domesticar es una tarea complicada. En muchas ocasiones causa dolor a los implicados, pero al final, aún perdiendo cualquier contacto con nuestra otra parte, conseguimos reconocer que en el hecho de domesticar o ser domesticados aprendemos valiosas lecciones. Del otro adquirimos secretos para seguir avanzando por la vida.

Aunque ésto, no nos impedirá llorar.

De la utilidad de poseer las cosas

Uno puede poseer algo, digamosle flor, digamosle animal. Esa cosa poseída, que también puede ser un ser humano, es beneficiada en algún aspecto por ser de alguien. Consique que la rieguen, consique que lo alimenten, consigue que le den amor.
You’re lost!
Sin embargo, existen cosas que se desean poser y que no recibe beneficio alguno al ser poseída. Entonces, ¿cuál es la razón de su posesión? La queremos para darnos un placer propio. Pero, si la cosa deseada no puede beneficiarse de nuestra posesión, ¿cómo nos beneficiamos nosotros de ser poseídos por esa cosa?
Porque no hay que olvidar que en esta segunda clase de cosas, nosotros somos los poseídos y no los poseedores.
Jessica Prades.

La educación es una obra de arte

La educación es una obra de arte. El educador tiene que ser una persona ética, una persona responsable. Debe respetar los límites de la persona, conocerla, comprenderla e iniciarla. Cuando educamos, no debemos entrar en la persona, hacerla nuestra y convertirlas en un reflejo de nuestros valores e ideologías. No debemos entrar en su cerebro y conseguir el resultado deseado. La educación no es adoctrinamiento. La educación es transformación, es apertura, es libertad.dibujo de niño

El educado debe encontrar un camino, crear una forma de ver el mundo, una perspectiva. El camino conllevará sueños y miedos, conlleva errores e irresponsabilidades, pero es el precio que la libertad nos da. La infantilización de las personas no ayuda a nadie. Si somos educadores, si somos personas que buscamos el crecimiento personal, debemos dejar a un lado nuestras opiniones sobre cómo deben ver el mundo las personas. Cada cual será libre de elegir lo que más feliz le haga, lo que más apoye sus convicciones. No se debe tener miedo de dejar volar a las personas cuando se las está educando. La variedad de pensamiento es buena, apetecible y enriquecedora.

 La educación es una obra de arte porque el educador redibuja el mundo para sus educandos. La educación es una obra de arte porque las personas que están siendo educadas van pintando sobre un lienzo líneas y formas. El lienzo nunca está del todo blanco, pero tampoco negro. Debemos saber llegar a ellos sin imponer nuestra autoridad moral, pero sin olvidar que tenemos una. No engañemos a nuestros alumnos, no despreciemos nuestro posicionamiento. Seamos francos, reales y enseñemos lo positivo de nuestro pensar, pero también enseñemos lo positivo de otras formas de entender el mundo.

Educar es complejo, duro y cansado. La creatividad no siempre aparece, la desazón por el contrario sí. Pero nosotros, educadores, somos artistas y como artistas tenemos que seguir esforzándonos por crear, por dibujar, por llegar a todas las personas y convertirlas en seres felices y libres. La educación es nuestra meta, nuestra ilusión, nuestra razón de ser.

Seamos parte de un proceso tan maravilloso y arduo como es la educación.

 

 

Mi vida y la escuela

Freno y espuela es buena escuela
Anónimo
Su nombre es Manuela Fernández Martín, nacida el 1961 en Algeciras, asistente a la escuela durante cuatro años. Hace mucho que no recordaba aquellos tiempos – dice mientras se le entrevista. Mucho tiempo que no vienen a mi mente esos años donde lo fundamental no era jugar. De familia con un nivel económico medio-bajo, sus estudios duraron de 1967 a 1971. Cuatro cursos de primaria fueron la única formación académica que Manuela tuvo. Y es que, a los 11 años ya era hora de trabajar.
En casa muchas veces no se podía cenar. De padre “cabrestero”, como ella dice vulgarmente, la comida se solía conseguir gracias a los animales que tenía a su cargo. La leche la conseguía de ordeñar las vacas, los huevos de las gallinas, el jabón lo hacía su madre a mano del aceite que sobraba… Muchas veces las comidas las conseguían en el campo, espárragos, caracoles, chumbos, eran alimentos que solían formar parte de su dieta. Incluso tenían, de vez en cuando, un pequeño negocio con un señor francés interesado en los caracoles. Muchos días laborales ella, el padre y varios de sus hermanos – cabe decir que la familia consistía en el matrimonio y catorce hijos-, iban al campo hasta altas horas de la madrugada, que podían ser perfectamente las tres o cuatro de la mañana, para coger caracoles y vendérselos a este señor ya citado. Por supuesto, luego tenía que ir a la escuela, pero ese dinero era necesario en casa para poder seguir adelante.
escuela de los 60La casa era un ir y venir constante de gente. A partir de los 11 años todos los hijos se iban a trabajar; la madre se quedaba en casa al cuidado de la misma. Había una norma intocable, como tantas otras, pero de especial mención: en casa no se habla de política: no se habla ni de Franco, ni del Estado. Esta norma impuesta era realmente aterradora – comenta Manuela mientras lo narra. Al parecer, el padre los atemorizaba si sacaban el tema en algún momento. Así pues, durante su infancia nunca se habló de temas políticos en casa. Se le preguntó si tuvo a alguien cercano que se hubiera visto en problemas por causa de estos temas, pero al ser tan pequeña no recuerda ningún hecho.
            Respetar era la educación primordial. No se podía contestar a los mayores, menos insultarlos. Se debían seguir sus órdenes sin rechistar, sin aludir a ningún tipo de razón porque “por cualquier cosa te podían dar una paliza”. De hecho, como cualquier niño que a veces desea imponer su opinión, Manuela se ha llevado muchas palizas. Esta actuación era una herramienta más para educar correctamente a tu hijo.
            El colegio. La primera norma que te enseñaban era el respetar al jefe del estado, al generalísimo Francisco Franco. La segunda, cantar el cara al sol. A las 8:45 de la mañana todos los niños se ponían en fila para cantar la canción con la mano alzada. Finalizada la tarea, sin hacer ruido debían dirigirse a sus clases respectivas. Los grupos estaban divididos por sexos: niños y niñas. Manuela recuerda que a partir del 67 se hicieron las clases mixtas, probablemente este cambio se debió a la ley orgánica del estado que se promulgó ese mismo año cuya función principal consistía en la separación de los cargos de Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. En la clase había 54 niñas distribuidas por clase según su nivel de inteligencia. Los que estaban delante del todo eran los más inteligentes, los que estaban al final eran los tontos o torpes. Manuela estaba atrás.
            La forma de entrar a la clase también era algo que debían aprender, un proceso instructivo en toda regla. El recorrido era siempre el mismo, pasos concretos, movimientos concretos. En fila iban por un pasillo determinado y a medida que llegabas al asiento que te pertenecía te incorporabas sin hacer el menor ruido, ni siquiera al mover la silla. Mientras todos se sentaban, el profesor se quedaba en la puerta. Cuando terminaban, se dirigía a la tarima, entonces los niños se tenían que volver a levantar, ponerse firmes y decir: “buenos días, Don Jacinto”. Buenos días – contestaba el profesor-, saquen su libro de historia. Los profesores eran muy disciplinarios, pegaban mucho, de distintas formas: palos de madera que golpeaban las manos, tirones de pelo, esparadrapo en la boca… Él era quien “educaba”, pues los padres estaban trabajando o en el campo.
escuela de los 60            En la clase foto de Franco y crucifijo. Las paredes blancas, los pupitres verdes, la tarima marrón. No había estanterías ni percheros; las cosas se ponían en el propio pupitre. Los profesores venían al aula a impartir su lección cada hora o cada dos horas. El horario se dividía en dos turnos. El de la mañana de nueve a una y el de la tarde de tres a cinco. Durante la hora del descanso los niños almorzaban en el colegio y luego se ponían a jugar o hacer los deberes que les habían mandado. En el recreo: pelotas, chapas, canicas y combas. Un detalle realmente curioso fue que tanto el desayuno, el almuerzo como la merienda eran dados por el colegio a los niños que asistían al mismo y estas comidas eran pagadas por el estado.
            Cada día había una hora de religión que la impartía el párroco de la barriada. Se les enseñaba el padre nuestro, el ir a la iglesia los domingos y la sagrada escritura. La catequesis también se daba en el colegio. De hecho, un catequista venía a ofrecer apoyo al cura que impartía las clases para dividirse los alumnos.
            La metodología impartida era siempre similar. El profesor sacaba un libro, explicaba la materia poniendo datos en la pizarra y luego ponía ejercicios que los niños debían copiar y hacer. Todos los días eran un sinfín de deberes por hacer. Para corregirlos, llamaba a uno de los chicos a realizar la tarea en el estrado – siempre por su apellido. El resto de los alumnos, después de que el profesor diera el visto bueno de la resolución del problema, copiaban la respuesta y corregían lo que tenían en sus libretas. Si tu problema estaba mal hecho, te sentaba y sacaba a otro compañero. Si no tenías hechos los ejercicios, te pegaba con la regla de madera cinco veces en cada mano, te castigaba sin recreo o te hacía copiar cien veces “Traeré los deberes hechos”.
            Manuela recuerda haberse escapado de vez en cuando de asistir a clases. Se escondía con sus amigos en los campos, en las canteras o en los llamados “nidos de guerra”, lugar donde se ponían los cañones. Era muy importante que ninguna persona mayor la viese, sino, tendría una paliza asegurada. Cuando llegaba la hora de salir del colegio, todos los amigos que se habían saltado la clase, volvían a sus casas.
escuela de los 60También recuerda que, antes de ir al colegio, tenía que hacer la cama, fregar el baño o limpiar los platos o tender la ropa o comprar el desayuno. Todos los días había una tarea que hacer, igual que al volver de la escuela. En general, al regresar limpiaba los animales de la casa, como ya se ha dicho, conejos, cabras, gallinas, etc. Juegos no tenía apenas, sobretodo en invierno. A las seis atardecía, a las ocho se iba a dormir. Los sábados y domingos su madre la ponía a pintar la casa, limpiar el patio, los arriates o cualquier otra cosa. Los hombres no debían cumplir estas obligaciones: limpiar era cosa de mujeres.
Cuando llegaba el verano, ella podía jugar un poco más. Iba de vez en cuando al cine, cuando su madre le daba alguna peseta o cuando se la ganaba trabajando. También iba a la playa, los domingos. Cogía pulpos, erizos, cañaillas, cangrejos, coquinas y muchas otras cosas. Le daba el sol, se bañaba en la playa y disfrutaba. Disfrutó hasta tener once años, hasta que sus padres vieron que ya tenía la edad suficiente para dejar sus estudios y trabajar.
Cuando Manuela tuvo 42 años se sacó el graduado escolar. 
Jessica Prades Fernández